Artesanía, cultura y naturaleza

Mujeres artesanas de Chiwik Tajsal bordando vida. Hueyapan, Puebla, México
En el municipio de Hueyapan, Puebla, México, conocido como “Joya de la sierra y cuna del chal bordado”, las mujeres artesanas mahseual de la sociedad cooperativa Chiwik Tajsal plasmamos cultura y naturaleza en cada creación. Desde niñas aprendemos en el campo y en la artesanía, recogiendo las enseñanzas de nuestras madres y abuelas, quienes nos transmiten una herencia ancestral que florece en hilos y colores.

Nuestros bordados son narraciones de realidades, sueños y emociones; son símbolos de la flora y la fauna de nuestra región, tejidos en cada tahmachmeh (nombre con que llamamos a los textiles en proceso). La artesanía es nuestro lenguaje: un arte que comunica, sana, resiste y re-existe. Así lo expresan las voces de Lorenza, Mariana y Emilia, integrantes de Chiwik, quienes comparten su sentir desde el corazón, cuando crean y portan artesanía.

Lorenza Flores Martínez

Desde muy niña trabajé tanto en el campo como en el bordado. Crecí nada más con mi mamá, no tuve papá, y es ella quien me enseñó ambas labores. Ya de adulta, con mis propias necesidades, decidí sembrar café para apoyarme. En tiempo de corte iba a cosechar y cuando no era temporada me dedicaba a bordar.

Entre los cafetales, en el corte o en el chapote, pensaba en llegar a casa y continuar mi bordado. Desde la imaginación, plasmaba en mi chal: semillas de café, plantas, flores, y todo lo que en el paisaje veía; que sale un pájaro cantando y de más aves volando, yo las observaba. Luego lo llevaba todo con mis manos al chal.

En aquel entonces no sabía que lo que hacía se llamaba artesanía, para mí era simplemente elaborar mi tahmach, mi prenda y mi sustento. Hoy nosotras le decimos artesanía y lo entendemos como nuestra manera de escribir la vida, no en el papel sino en el pahyo (chal), donde bordamos plantas, frutos y animales del campo. Es nuestra manera de describir nuestra cotidianidad, lo que hacemos en el cafetal, en la milpa.

Soy campesina, artesana y orientadora de mujeres. Me he formado en administración para guardar lo poco que gano y asegurarme un ahorro. Defiendo el valor del trabajo de las mujeres, porque muchas veces decimos, “no hemos hecho nada” cuando ya hemos hecho mucho: desde el quehacer de la casa, el bordado, hasta el campo y la recolección de frutos.

En la actualidad, me siento muy feliz con lo que hice, y con lo que estoy haciendo, porque me gusta ir todavía a los cafetales, aunque ya no tengo la misma fuerza y la energía, pero sigo ahí, insistiendo, para seguir plasmando entre mis bordados más Naturaleza.

A quienes me leen y escuchan, les invito a reencontrarse con el campo, porque tristemente lo hemos ido dejando atrás. Muchas veces pensamos que es pesado, que ensucia, que cansa cuando la lluvia nos moja o el lodo se adhiere a los pies; sin embargo, en cada gota y en cada mancha de tierra hay frescura, hay vida, y está la certeza de que lo que brota de la tierra es alimento verdadero y natural.

Mariana Sidonio Flores

Soy una mujer de la comunidad de Hueyapan, Puebla, y en cada una de mis prendas bordo caminos y naturaleza que me llevan a mis metas. Soy la cuarta hija de Lorenza Flores Martínez y desde los 6 años de edad mi madre me enseñó a bordar: empecé rellenando caballos dibujados en cotones.

Con la práctica, mis dedos aprendieron a contar hilos y hebras y entre puntadas y puntadas fui plasmando mis propias historias además de las contadas por las abuelas. Esas historias las aprendí escuchando los relatos de nuestras abuelas, cuando nos reuníamos a bordar abajo de los árboles, sentadas en tapetes. Ellas nos compartían esas experiencias para evitar repetir errores porque la vida de las mujeres indígenas nunca ha sido sencilla.

El bordado no es solo un ingreso, aunque nos ayuda a sustentar nuestras familias: también es un acto de amor a la vida, un legado que viene de nuestras abuelas y de mi madre, quienes con paciencia nos enseñan.

En mis bordados expreso la naturaleza que me rodea. En cada puntada florecen los árboles de la vida. Con mis puntadas honro los helechos que adornan las orillas de los ríos. Así mis manos crean chales de lana teñidos con cempasúchil y sobre esos tonos solares bordo con hilos teñidos de nogal silvestre, como si esas fueran las raíces que entretejen la memoria de nuestra tierra.

De esa forma encuentro una conexión entre nuestra madre tierra y el bordado, pues ambos me recuerdan que todo está vivo. Cuando bordo helechos con espinas y hojas grandes, pienso en ellos como casas para las tórtolas, refugios donde cuidan y empollan a sus crías.

Con cada chal que termino, espero que más personas puedan sentir, al observar o portar nuestros textiles, lo que para mí significa un abrazo a la naturaleza, con la vida que late en los paisajes de mi comunidad.

Emilia Flores Martínez

Aquí, mi historia comienza desde la siembra de mi ombligo entre las raíces de árboles sagrados, caminando junto a mi madre Lorenza Flores Martínez y otras mujeres artesanas de Hueyapan. Con la sociedad cooperativa Chiwik Tajsal he aprendido que la artesanía es más que una habilidad: es un lenguaje creativo colectivo que refleja pensamientos, transmite tradiciones y registra historias del camino.

Nuestras vestimentas portan flora, fauna y símbolos que nos conectan con lo vivo y lo no vivo. Como artesanas mahseual tenemos la capacidad de transformarnos, de seres humanas a deidades, de lo imposible a lo posible.

Así lo decían nuestras antecesoras, Mujeres Artesanas Mahseual Sembradas: “Kah toh mahseual tahmach-matachihual-tahsal-tahken, tik ish-neshthía ken-niujh ahmotihnemi tohseltihtsín, tech nijhin taltikpakpanolis” (con nuestra vestimenta artesanal, mostramos que, en este espacio terrenal, no existimos solo las personas, no caminamos solas: somos toda la diversidad que nos rodea).

En mi práctica, doy cuenta que la artesanía es resistencia frente a las violencias del colonialismo, el capitalismo y el patriarcado. Cada bordado es memoria, crítica al sistema y medicina. El pigmento de una planta no es solo color: es protección, es diálogo con la naturaleza, con las flores, con el agua, con el viento, con el fuego y es con la artesanía que una aprende a re-existir en comunidad.

Seguido sueño con mis abuelas ya sembradas; me llevan a otras dimensiones, me revelan lo que fue y lo que será. Cuando despierto, regreso siendo portal para escuchar a las bibliotecas vivas —las abuelas que aún caminan con nosotras—, quienes nos recuerdan nuestro compromiso con la Madre Tierra.

Mi vida, así, se vuelve andamio de lenguajes y sueños, cauce de agua y de viento. La artesanía se revela como Arte que Sana: alivia dolores, cubre necesidades cotidianas, resguarda frente al frío y siembra esperanzas, como la neblina en nuestro municipio que baja de las montañas para germinar semillas resistentes.