Flotar en Verde
El calor caribeño, exacerbado por un cambio climático ignorado, encendió sobremanera el enojo que ella sentía en ese momento. Respiraba profundo. Intentaba no dejar que las gotas de sudor que escribían en su frente la sacaran de quicio. Se secó el sudor con sus antebrazos y sintió su piel caliente. Ya sabía que sus cachetes estaban colorados. Los ojos se le aguaban. No quería que el marrón fuese lo último que vieran sus ojos, lo que vieran y vivieran sus familiares, amistades y vecinos, lo que vieran y vivieran la gente de estas islas. Ella quería que flotaran en el verde, como alguna vez ella lo hizo.
Su enojo se convirtió en un coach motivacional. Entró a la casa, diciendo que esta vez sí resolvería el asunto. Había intentado experimentos en su laboratorio e incluso ayudado a gente de afuera que no hablaba español a venir a hacer experimentos aquí. Recogió datos de agricultoras para sí y para otros, sin luego haber compartido los resultados—decía que era por la prisa de devolverles el verde, que todo era por su bien. Las semillas que desarrollaron con su ayuda, que fueron validadas en un invernadero estadounidense, no funcionaron en el valle donde jugaba cuando chiquita. Todos esos Fracasos con efe mayúscula, como ella decía, se le acumularon en segundos en la mente. Ella le echaba la culpa al “cabrón calor” y a sí misma.

Inhalaba y exhalaba frustración, mientras leía cuadernos y hacía análisis estadísticos en su computadora. Se le aguaban los ojos. Su grito hizo que los pitirres 1 que posaban en las placas solares de la casa se fueran volando. Sus rodillas sonaron fuerte al besar el piso. Y el sudor de su frente competía con las lágrimas de sus ojos. “Puñeta”, decía una y otra vez en su llanto ansiando al verde. Ya cuando poco a poco lograba calmarse, entre el mar de papeles y libretas y cosas que había tirado por todo el cuarto, notó una foto que sobresalía del libro de sistemas agromarinos caribeños que escribió.
La foto irradiaba color. Se vio de chiquita, con moñitos, sonriendo, junto a su abuela. Las lágrimas ahora eran de felicidad, recordando los momentos con su Güela, quien siempre la mandaba a echarle agua a las matas cuando a ella le daba una rabieta. En ese instante recordó que fue su abuela quien le enseñó a sembrar y a cocinar, a ir al patio a buscar medicina, a cómo cuidar las semillas.
Génesis, en ese momento, hizo lo que llevaba años posponiendo: sembrar las semillas que guardaba como recuerdo de su abuela. Allí en el valle, cubierta en ardiente, echó tres semillas que cubrió con marrón. Las regó con sus lágrimas de felicidad y miró directo al sol que ya no la quemaba. Allí sonrió y cerró los ojos, mientras flotaba en el verde.
Notas al pie
- Ave común en Puerto Rico y el Caribe. https://dialogo.upr.edu/el-pitirre-ave-emblematica-y-sumamente-util/ ↩