Mujeres de Maíz
Una de mis experiencias como facilitadora social, fue con un grupo mujeres de Ocotal Chico Municipio de Soteapan de la Sierra de Santa Marta Veracruz, donde mi participación estuvo orientada en el cuidado y manejo sostenible de sus recursos naturales. Allí conocí a Esperanza de cuatro años de edad, hija de Lucrecia mujer Popoluca. La pequeña parecía un conejo de campo, le asustaba todo lo extraño, se escondía tras las faldas de la mamá, sólo asomaba sus ojitos espantados.
Pasaron meses y mi trabajo requería de recorridos y visitas a su solares, Esperanza y su madre solían acompañarme, gracias a eso la niña fue agarrando confianza. Sus viviendas conservaban el modelo tradicional Maya, un solar conectado con el otro, donde podían transitar sin ningún problema. Mi trabajo consistía en organizarme con cada madre de familia para mantener vivos esos espacios entre una casa y otra, preservando plantas endémicas como la malanga. Esperanza siempre estuvo allí, cada día confiaba más en mí, podía sentarme a su lado y sin embargo nunca me quitó los ojos de encima, poniéndo atención a cada uno de mis movimientos. La mejor época del año es cuando cosechan su maíz, donde se reunen para desgranar maíz, guardarlo, etc., belleza y riqueza evidente con mazorcas de colores que jamás había visto en mi vida, negro azabache, violeta, lila, azules, rosados, amarillos, rojos, naranjas y otras combinadas. Abusando un poco aproveché para pedirle a cada familia una mazorca de distinto color, así me hice de una colección fantástica.
Un día me tuve que despedir, con lágrimas en los ojos por dejar tantos afectos sembrados, me reuní con las señoras. En esa última visita vi a Esperanza salir de las faldas de su mamá con plena seguridad, un rostro sereno y firme, se me acercó con una suave sonrisa y con la luz que resaltó siempre en ella se paró frente a mí, con delicado cuidado metió su manita en el bolsillo de su delantal y sacó una mazorquita bebé de maíz blanco… ¡Claro! Entonces me percaté de que era esa la que me faltaba. Ella la había escogido para mí y con dulzura la puso en mis manos pronunciando breves palabras en su lengua materna “para ti” Adma. De esta forma cerré mi trabajo con este grupo y fue este regalo de Esperanza el mejor pacto de confianza que logré con todas aquellas mujeres.
Verano del 2000.