Entre bordados y fronteras: ser mujer purépecha en tránsito
Nací en Tijuana, Baja California; sin embargo, mi acta de nacimiento señala mi verdadero origen: la comunidad de Comachuén, un pueblo serrano en la Meseta Purépecha, conocido por su quehacer textil, las canoas, la constante migración y, por supuesto, los grandes músicos: “Los Chapas”, que han dejado un gran legado musical en la nación purépecha. Donde nací realmente solo representa el lugar donde vi el mundo por primera vez. Mi memoria no tiene referencias de aquel espacio, pues mi vida apenas iniciaba, ya que, a la edad de un año, mi familia regresó a la comunidad de Comachuén y así crecí entre Estados Unidos y Comachuén, Michoacán, mi pueblito purépecha.

Mis primeros seis años de infancia los viví entre Estados Unidos y Comachuén. Siendo muy joven, mi papá quedó huérfano de padre y adquirió responsabilidades a edad temprana. Optó por la migración como una manera de enfrentar la vida; de esta manera ayudó a sus hermanos más pequeños y a la familia que él mismo formó. Era muy pequeña para entender lo que sucedía. Depender junto a mis hermanos de mis padres nos mantuvo en un constante peregrinar: Tijuana, San Diego, Las Vegas, Phoenix… siempre tomando como punto de salida y retorno a Comachuén. En esos contextos tan diversos no existía posibilidad de identificar realmente a dónde pertenecía. Mis ojos veían cosas radicalmente distintas, como rascacielos, miles de luces… y luego caminábamos bajo la lluvia cargando leña. Un día comíamos “fast food” y otro tomábamos atole de grano de elote. Todo era tan confuso, pero jamás pregunté por qué los escenarios eran tan distintos.
En Las Vegas quería jugar a la tiendita y hacer ollitas con el lodo, y en Comachuén quería ir al parque. Nunca nadie me explicó, supongo que mis padres pensaban que yo entendería con el tiempo. Claro que lo he hecho, pero me ha costado mucho. No los culpo, me educaron desde sus posibilidades, como ellos mismos aprendieron a enfrentar la vida. Un proceso duro que me deja pensando a cuántas infancias más les tocó vivir en la confusión y si realmente esas migraciones fueron para mejorar.
La ciudad de Phoenix, Arizona, fue donde más tiempo permanecimos en nuestra condición de migrantes; fueron seis años. Ahí estuve hasta los doce. Durante esa estancia mantuvimos cierta cercanía con la cultura purépecha, pues convivimos con otras familias de la región, incluso algunos parientes radicados allá. En ocasiones se congregaban para hacer celebraciones con “costumbres”: cocina tradicional, ceremonias, levantamientos de Niño Dios, bodas, bautizos, fiestas patronales… De cierto modo, eso me acercó al origen cultural que poseía por pertenecer a una familia con raíz bien plantada en la Sierra Purépecha, pero no era suficiente para explicar mi existencia en ese momento.
En esa etapa también se me fue transmitido el saber del textil que identifica a Comachuén. Recuerdo que aprendimos a la par mi prima Cleotilde y yo este saber, y nos entusiasmaba mucho, ya que nos hacía sentir mayor sentido de pertenencia. Nos habían enseñado mi mamá y mi tía, la mamá de Cleotilde, entre risas, regaños y anécdotas, las cuales ahora viven en mi corazón. Dentro de una de nuestras primeras sesiones recuerdo que unas puntadas no eran correctas y con las tijeras corté la tela pensando que podría parchar esa parte, cuando se percataron de lo que había hecho, se soltaron a carcajadas. Esta anécdota sigue vigente dentro del anecdotario familiar.
En Comachuén, donde vive mi familia, las mujeres han sostenido la vida a través de los hilos. Permiten darse un respiro de los problemas; una forma de drenar heridas y calmar la mente. El bordado en Comachuén ha sido utilizado como un aliado para el compartimiento de saberes, un espacio para desahogarse tanto en lo cotidiano como en lo ritual. Ya que se realizan prendas que serán utilizadas para vestirse, para ofrendar, acompañar y, en algunas ocasiones, para vender. En la cotidianidad las mujeres bordan en punto de cruz diversas prendas y es una labor que hacen desde las niñas hasta las adultas mayores. Puedes verlas bordando en la calle, en grupos, entre descansos o en solitario, los hilos siempre nos persiguen.
Es un saber colectivo que se ha transmitido de generación en generación con cambios y adaptaciones; sin embargo, sigue siendo parte importante de la identidad colectiva. Tan importante que, a pesar de la distancia del espacio geográfico, se me heredó para mantener la conversación entre generaciones, una memoria tejida que dice quiénes somos. A las niñas se les enseña como un juego y con el conocimiento empírico de la vista y la palabra. Desde la curiosidad y la emoción una empieza las primeras puntadas.
Por otra parte, la lengua también me vinculaba como un elemento constitutivo de identidad. Ya que, desde que nací, mis padres se comunicaron en purépecha; era la lengua dominante en casa, lo que hizo que me familiarizara con ella y lograra entenderla. Sin embargo, no me permitían hablarla; la comunicación con nosotros era en español, porque no querían que fuéramos discriminados. Pensaban que eso nos daría mejores oportunidades de vida. Así que aprendí a entender, pero no a hablarlo. Sin embargo, fue muy útil para cuando tocó retornar a nuestro pueblo.
Cuando regresé definitivamente a Comachuén a los doce años, pasé por un choque cultural impresionante. Toda la enseñanza que había adquirido, sobre todo en la escuela —que además había sido en inglés—, parecía un sueño. En mi nueva realidad, la lengua que se me había prohibido hablar en casa, el purépecha, era dominante y representaba un puente de aceptación en el lugar al que recién llegaba.

Pero el mayor conflicto fue el marcado contraste del rol de la mujer: bien definido dentro de la comunidad como quien debe quedarse en casa, casarse, tener hijos, servir y siempre estar disponible, lo cual difería profundamente de lo que me habían enseñado y observado en la escuela. Es decir había tenido “career days¹” y una constante motivación de soñar y asegurar tus sueños.
Ser mujer en una comunidad indígena chocó con la realidad de ser mujer que yo tenía. Ser mujer en Comachuén estaba impregnado de machismo que se traducía en recato y prohibición y/o limitación de actividades en la vida social, más enfocadas a las labores del hogar y el cuidado. Por la gran precariedad económica que existe y por las pocas oportunidades de estudio y/o de trabajo, el textil toma un papel importante, ya que también entra como un sustento o apoyo para la economía familiar. Actualmente, no todas las mujeres viven bajo tanta restricción y precariedad; muchas han podido profesionalizarse y han tenido más participación política y social, en pro de las garantías de los derechos de las mujeres.
Dejé de hablar inglés, que hasta ese momento era mi principal herramienta de comunicación, porque ya no pertenecía a mi realidad. Hasta mi forma de vestir se tuvo que cambiar, ya que existían códigos de vestimenta más arraigados en esos años. Incluso mi cabello me dejé crecer para encajar, ya que todas acostumbraban tener el cabello largo y yo, en cambio, siempre lo tuve corto.
Había asombro ante tecnologías que desconocía, como el molino y las yuntas. Dado que vivía en una ciudad, nunca había visto vacas con tanta naturalidad y ver los granos de maíz entrar en el molino y salir en forma de masa era una maravilla. Tenía tanta alegría de poder jugar juegos más tradicionales y de jugar en las calles con más libertad. Pero, conforme fui dejando la niñez y pasando a ser joven, empecé a sentir enojo al no encajar por tanta restricción y pobreza. Una nube negra estaba sobre mi cabeza al no poder tener una guía de cómo adaptarme y unir las diferentes partes de mí para tener un futuro mejor y diferente.

Actualmente tengo 21 años y vivo en la comunidad; sin embargo, sigo estando en movimiento a escala más regional; entro y salgo de la comunidad, ya que mi familia se encuentra repartida entre el pueblo y los Estados Unidos. Algunos hemos hecho raíz en la comunidad y otros familiares en “el norte”.
Me ha costado mucho adaptarme a la vida comunitaria y entender el porqué de las cosas. Incluso mis propios familiares me hicieron sentir ajena al lugar al que realmente pertenecía. Esta fue una etapa complicada, de exclusión, resentimiento y confusión con respecto a mi identidad. La reintegración y aceptación ha sido un proceso largo. Proceso que sigue haciéndome cuestionar y replantear mi existencia desde dos miradas, las cuales habito y me hacen preguntarme: ¿Cómo reconfiguro? ¿Qué elemento me ayuda a sostener el vínculo con mi ser? Pues quedaron estragos del choque cultural que me ha llevado a vivir violencias a mi persona y vivir con dolor.
En mi caso, el bordado y el textil han sido clave. Mi primer descubrimiento fue saber que era portadora de un elemento que une a la comunidad, especialmente a las mujeres. El segundo descubrimiento sería la lengua, un puente que me permite conectar y compartir el sentir desde otro entender.
El bordado me ha ayudado a reapropiarme de mi origen cultural y fortalecer la pertenencia a un territorio. Además, me ha llevado a conocer otras comunidades que, como la mía, preservan un “saber hacer”. De manera inesperada, hoy contribuyo a promover este arte y generar posibilidades de venta y acercamiento a la cultura. Los purépechas estamos hoy más dispersos y necesitamos una identidad más allá de las fronteras. Intento contribuir a facilitar y mostrar los oficios (enfocado al quehacer textil) que nos siguen dando pertenencia, sin importar dónde vivamos.
El trabajo artesanal tiene necesidades que deben ser visibilizadas como: ingresos justos, seguridad social, más espacios de venta, canales de distribución solidarios y capacitaciones, por mencionar algunos. Mostrar estas prendas, las caras detrás de las prendas, los contextos en los que vivimos, las narraciones y reflexiones en nuestra propia voz, y desde la sierra, en medios digitales también produce interés en las personas, y eso contribuye a la sensibilización y apreciación de la riqueza cultural que nos sostiene.
La Sierra Purépecha es un lugar prolífico en manifestaciones artísticas, donde, con agrado, puedo decir que vivo y pertenezco. El textil significa para mí otro idioma, que me ha ayudado a identificarme y comunicarme con otras mujeres que también expresan, por medio de los hilos, el sentir de la vida. Bordar (aunque lo haga menos hoy en día) y la gestión (que me absorbe más) me conectan con el territorio y me impulsan a explorar cada día más la lengua purépecha y darle el espacio que se merece dentro de mi vida. Cada día me asombro por la riqueza lingüística que tenemos, y cómo es una amalgama con el textil para la recreación de nuestro mundo.
En este andar artesanal, he tenido la oportunidad de conocer a mujeres resilientes, con mucha sabiduría, que me comparten desde sus vivencias, las de sus abuelas y de las que estaban antes, cómo sostener la vida y los atropellos que han vivido. Me siento muy honrada por poder compartir tanto con estas mujeres que, a pesar del arrasador capitalismo y globalización, deciden escoger sus hilos, tomar el tiempo y obligarlo a sentarse con ellas. Es grato ver que he hecho amistades, incluso compadrazgos con algunas, como parte del entendimiento de vida de los pueblos de acompañamiento y el compartir.
Estoy agradecida de poder hablar en tres lenguas; con cada una siento un profundo amor, pero especialmente con el purépecha, que me conecta con la gente de mi territorio y genera lazos. Aprenderlo mejor, leerlo y escribirlo me da satisfacción, además de poder vincularlo con la labor que realizó en conjunto con otras mujeres. Conversar en purépecha me ayuda a entender, desde otra perspectiva, este trabajo y entrelazar el conocimiento con la lengua y plasmar sentires y pesares en este otro idioma.
Así que, ¿qué pasa con este cuerpo en desplazamiento? ¿Qué sigue después de habitar diversos territorios? Es la histeria y el asombro en este cuerpo cansado. Es ser una mujer que está constantemente entre pueblo y ciudad, entre el inglés, español y purépecha. Es la vida fragmentada y sus caminos. Pero, sin duda alguna, el bordado y el tejido vienen a calmar mi corazón. Son refugio, hogar y calor. Un nuevo lenguaje para esta mujer purépecha en tránsito, tratando de explicar su existencia entre fronteras.