Trenzar el silencio, escribir lo que sostiene
Carolina Estrada
“La poesía no es solamente sueño y visión;
es la arquitectura de entramado de nuestras vidas.
Sienta las bases para un futuro de cambio,
un puente a través de nuestros miedos de aquello
que nunca ha sido antes”
Audre Lorde, Poetry Is Not A Luxury

Un pequeño animal se mueve entre las ramas de los árboles. Ágil y decidido, transporta entre su suave pelaje las semillas del tiempo. El viento acaricia la hierba, y a su paso agita a una temblorosa araña quien, satisfecha del patrón de costura reciente, se dispone a soñar.
Un bosque a simple escucha es sonido para quien sabe reconocer el breve canto de las cigarras, el salto tímido de un teporingo o el zumbido de las avispas entre los arbustos. Aquí alguien habita por primera vez la madriguera, el nido subterráneo, y se estremece de tanta belleza en el calor de sus entrañas. Allá alguien cubre con sus células el cuerpo descompuesto de otrx viviente, hilando sus extremidades fibrosas para acompañar el vaivén de la vida y la muerte con un suspiro fúngico que lo envuelve todo.
La escritura sabe bien que la canción del silencio tiene distintos ritmos y momentos, se entona entre aullidos, crujidos y ronroneos. En realidad el silencio solamente existe dentro de nuestra imaginación humana, porque más allá de nosotras el mundo es cada vez más ruidoso; aún en los momentos de más profunda contemplación, un grillo cercano estridula, o un pájaro entona a la lejanía. Desde hace un tiempo hemos comenzado a sentir que la escritura tiene sus propias formas de entablar diálogos de lo no dicho, de atravesar las barreras auto-impuestas de la percepción que nos han arrebatado el sentido de los otros tiempos que nos animan mientras transforman los mundos que habitamos.
Nos sentamos aquí frente al texto para comprender que entonces la escritura también es mucho más que el acto de la grafía. La escritura es escucha, siembra y canto; sale de nuestro interior para convertirse en nube, tierra y pigmento, pero regresa en forma de otra cosa. Es esta otra cosa, lo desconocido, aquello de lo que debemos encargarnos.
La escritura no es expulsión o gotera sin fondo, sino ciclo, retorno y relación. La escritura es también un acto político y curativo que transmuta el silencio, ya sea impuesto por la opresión o el miedo, o por falta de atención a nuestro entorno.

A través de la escritura honramos las palabras de nuestras maestras, que antes de nosotras también dudaron de sus propias voces. Nuestras palabras son prestadas en tanto que nos fueron ofrecidas por alguien más, enseñadas por nuestras madres y abuelas con cariño, pero también compartidas por compañeras de la escuela, o vecinas de nuestra edad. “¿De dónde sacaste esa palabra?” pregunta una madre con curiosidad, probablemente desde la extrañeza de saber los límites de su propia lengua, tratando de entender en dónde termina ella y comienza su hija. Este lenguaje propio adquiere nuevas palabras, frases inventadas y moldea nuestra forma de ser a partir de nuestras relaciones con el mundo. Desconocemos el lenguaje en tanto lo utilizamos para apoyar la guerra, o herir a alguien más, pero las palabras también nos exigen honrar sus orígenes e ir hacia nosotras mismas.
En su ensayo La transformación del silencio en lenguaje y acción, Audre Lorde Lorde (2019, p. 30) escribe una de sus más famosas frases: “Tu silencio no te protegerá1”. La escritora afroestadounidense fue revolucionaria en cuanto adquirió por sí misma un compromiso con la esperanza de otros mundos, explorando la poesía y el texto como escrituras de amistad, erotismo y denuncia. Más allá de una amenaza, en su frase encuentro una cálida recomendación para crear y nutrir espacios compartidos de escucha, en donde nuestras palabras puedan transformarse las unas a las otras. Audre Lorde habla acerca de cómo su silencio no la ha protegido porque ella deseó hablar durante mucho tiempo, narrar al mundo la verdad que la habita, y nunca encontró momento perfecto para hacerlo. Entonces, mejor que callar, acto que nos engaña y nos invita a escondernos, decidió comenzar a enunciar la palabra verdadera que la habita aún en los momentos más incómodos. Es aquí donde se encuentran también las verdades que una misma busca, junto con otras mujeres, para construir un mundo en el que podamos vivir juntas.
La escritura que sonoriza nuestros silencios articula formas en que podemos descubrir y moldear nuestros propios miedos, deseos y frustraciones, al mismo tiempo que abre espacio a que otrxs vivientes que nos acompañan, otros procesos de vida y muerte que nos rodean, puedan hablar con nosotras. Lo silenciado no solamente está dentro de cada quién, sino en la tierra misma que respira bajo las ciudades, en tensión con el ruido de nuestros audífonos, aparatos que hemos creado para aumentar la distancia con los mundos que habitamos. En este sentido, escribir también es una forma de reparar-con, de restaurar y cuidar nuestros vínculos diversos. Escribir no es dominar, sino invocar otras escrituras que crecen como musgo, y florecen como helechos.
En sus textos, Audre Lorde insiste que quienes escribimos no solamente tenemos que prestar atención a aquella verdad que describimos, sino en la verdad detrás del lenguaje con el que hablamos. Una “lengua materna” como la llamaría Úrsula Kroeber Le Guin desde su propia voz en el Discurso de graduación en el Bryn Mawr College, que compartió en 1986 en uno de los primeros colegios que ofreció educación superior a mujeres en Estados Unidos. Úrsula nos cuenta también que:
La lengua materna, hablada o escrita, espera una respuesta. Es
conversación, una palabra cuya raíz significa ‘girar con’. La lengua
materna es lenguaje no como mera comunicación sino como
relación. Conecta. Va en dos direcciones, en muchas direcciones,
es un intercambio, una red. Su poder no consiste en dividir sino
en enlazar, no en distanciar sino en unir. (Kroeber Le Guin, 2023, p. 25.)
Las palabras en lengua materna no las escribe el político, que dicta en voz alta, casi a gritos y de forma “coherente” su discurso sin respuesta, sino quienes buscamos cultivar una relación más profunda de escucha con otrxs vivientes y con los distintos procesos de la tierra. Son palabras que usamos cotidianamente, frases que a veces no tienen mucho sentido, pero que decimos porque nos las heredó una abuela, y las aprendimos desde el calor del hogar. Las escrituras en lengua materna no son palabras en una caja, selladas e incomunicadas, sino también podrían parecerse a las “palabras tierra” que nombra Úrsula, que solamente podemos hablar cuando comenzamos a:
(…) escuchar a los animales, los pájaros, las plantas, las rocas;
aprender las palabras coyote, las palabras codorniz, las palabras
obsidiana, las palabras de la arcilla marrón del adobe (Kroeber Le Guin, 2023, p. 66)
Nos entrelazamos con estas palabras para contar una historia de escritura que aprecia el silencio, pero comprende que siempre hay sonido, respuesta y movimiento.
La escritura es un acto de contención, no de conquista. En la escritura pueden contenerse los relatos de los árboles, las formas familiares del cariño o los secretos de algún colémbolo subterráneo. Úrsula también nos comparte en La teoría morral de la ficción la posibilidad de hacer la escritura de la historia algo que va mucho más allá de la narrativa del héroe individual que encuentra su razón en el conflicto, para ofrecernos otra forma de contar el mundo, más parecida al tejido, al cuenco o al morral. La teoría no es para Úrsula un mandamiento, sino justamente un conocimiento especulativo sobre el mundo que puede tomarse en cuenta al pensar y narrar nuestros propios relatos. Cuando escribimos historias que serán morral, importan otras cosas. Nuestras escrituras relatarán las conexiones y buscarán celebrar, más allá de la armonía, “el lugar, el territorio, la tierra” (González, 2023, p. 14). Escribir lo que sostiene es revalorizar lo lento y lo relacional, así como otras formas de pensar y habitar.
Hacer escrituras para transformar el silencio también es implicarnos con la palabra que no domina, sino que agradece. Narrar las historias honrando las conexiones es otra forma de cuidar. Es dar a cada textura su debido tacto: acariciar suavemente las zonas sensibles de una misma y de otrxs vivientes, pero también protegerse dentro del caparazón y nutrirlo para que sea resistente. Y emerger. Cuando en El guardador de rebaños el poeta portugués Fernando Pessoa, bajo el pseudónimo de Alberto Caeiro, escribió:
Me siento nacido a cada instante para la eterna novedad del Mundo… (Pessoa, 2024, p. 27)
Algo se estremeció entre las piedras del lenguaje. Sentirse nacido a cada instante es reparar en aquello que nos rodea: reparar como restaurar, restablecer y componer, pero también procurar y prestar atención. Se repara la eterna novedad del Mundo en tanto que el mundo en sí no es eterno, sino algo que se cuida y se acoge con la misma atención que le damos a aquello que amamos y nos asombra. Continúa Caeiro unas líneas más tarde.
El Mundo no fue hecho para que lo pensáramos
(pensar es estar enfermo de los ojos)
sino para mirarlo y que estemos de acuerdo (Pessoa, 2024, p. 27)
Acá advierte que el mundo también nos repara cuando lo sentimos, y no intentamos comprenderlo simplemente desde la razón, intentando cambiarlo forzándolo a ser como nosotras queramos que sea. El mundo nos ama en tanto nos obsequia cada día sus dones, así como nosotras debemos encontrar formas de mostrar nuestro amor de regreso, de entablar relaciones de reciprocidad.
La ciencia, aunque también en otro aspecto las humanidades, sólo conocen la verdad absoluta cuando considera que proviene del razonamiento, sobre todo al estar por encima de cualquier otra inteligencia no humana. Estas formas de vivir el mundo, únicamente a través del pensamiento racional, deben ser reevaluadas para poder al fin incluirnos en todo lo que no se enmarca en lo que pensamos “humano”. También en portugués, pero desde Brasil, Evando Nascimento nos llama a:
(…) tomar en cuenta las singularidades plurales del vasto ‘reino’
vegetal [sic], enfatizando el modo en que la literatura, las artes y la
filosofía cuestionan el propio mirar científico y humanista sobre las
plantas, que las ve radicalmente diferentes e inferiores a nosotros los
humanos. Como si existiera una ‘esencia’, una propiedad exclusiva
de los humanos, que los ubicaría en un nivel superior a cualquier
otra especie viviente (Nascimento, 2023, pp. 16-17).
Cuando escribimos para obligar al mundo a adoptar las formas humanas, faltamos a nuestro lugar en él, y a nuestro paso silenciamos su propio crecimiento espontáneo. Ahora sabemos que las cualidades que pensábamos exclusivamente humanas están en crisis: con mucha dificultad y aún sin tanto reconocimiento, contemplamos la posibilidad de una inteligencia vegetal, o en otros casos, también la escritura de las plantas, o de los minerales, o de las bacterias. Estas otras escrituras vegetales, minerales, bacterianas también son escrituras que transforman el silencio en tanto desafían la idea de que hay seres mudxs, o afónicxs, incapaces de emitir una voz o de articular sus propios pensamientos y deseos. El silencio opresor del que Audre Lorde escribe también lo hemos impuesto sobre el mundo vegetal, concluyendo que, como otrxs vivientes no hablan nuestro mismo idioma, o mínimamente en el idioma que los animales hablan, entonces no tienen nada que decir. Y como no tienen nada que decir, seremos nosotras quienes hablaremos sobre ellxs, imposibilitando también la escucha de estas voces-otras que sí existen y sí nos comunican.
En Una trenza de hierba sagrada, la bióloga y escritora Robin Wall Kimmerer dialoga también con la certeza de que las plantas pueden «hablar» unas con otras, aunque la ciencia que pretende ser exclusivamente racional y neutral diga lo contrario.
La autora escribe que:
Solo en los últimos años se ha tratado con cierto rigor la posibilidad
de que las plantas puedan «hablar» unas con otras. Sin embargo,
el polen lleva eones viajando con el viento, uniendo a los machos
con las hembras receptivas para producir esas mismas nueces. Si
podemos confiarle al viento la responsabilidad fecundadora, ¿por
qué no la de transmitir mensajes? (Kimmerer, 2021, p. 29).
Necesitamos escrituras que se entrelacen con estas otras voces, pero también se dejen narrar por la inteligencia de otrxs vivientes más que humanos. Para Robin, que trenza los saberes científicos, nativos –en su propio caso, sobre todo de la nación potawatomi– y sus propias vivencias, la escritura es un acto ecológico que no escribe sólo sobre la naturaleza sino con ella.
Robin nos enseña que mientras que otrxs vivientes tienen dones particulares, los humanos tenemos la escritura. “Puede que no tengamos alas ni hojas, pero tenemos palabras. El idioma es nuestro don y nuestra responsabilidad” (Kimmerer, 2021, p. 455). La escritura como un acto de reciprocidad nombra el silencio para escribir lo que sostiene. Escribir como modo de articular nuestros propios miedos, hacer comunidad, tejer el morral, reparar nuestra relación con el mundo y escuchar otras voces es un gesto político, de compromiso en comunidad.
Cuando la escritura trenza el silencio es fértil, y reconoce aquello que ha sido habitado, sembrado, contado. Escribir va más allá de un medio de expresión de un sentido, o de elocuencia del discurso; también es una forma de agradecimiento, cuidado, sanación y resistencia a la afonía impuesta por el consumismo, la falta de atención y la aceleración.
Escribir también puede ser disponernos a ser nosotras mismas un pequeño cuenco que guarde las semillas y los mundos de otrxs, y dejar que se germinen y fermenten dentro de nosotras. Y sobre todo, escribir no está en la palabra, sino en el acto de transformar el silencio. Robin nos cuenta que “todo florecimiento es mutuo”(Kimmerer, 2021, p. 31).
Así, no florece solamente una flor sin que florezca también el aire, la lluvia, la abeja. No escribimos solas: escribir es compartir hebra para ser parte de un mismo tejido de escuchas y reciprocidades.

REFERENCIAS
Kroeber Le Guin, U. (2023). “Discurso de graduación en el Bryn Mawr College” en Entre las avenas silvestres. Editorial El eterno retorno a casa. Trad. Andrés González.
Kimmerer, R. (2021). Una trenza de hierba sagrada. Captain Swing. trad. David Muñoz Mateos.
Lorde, A. (2019). Discurso de graduación en el Bryn Mawr College Sister Outsider. Penguin Random House.
Lorde, A. (2019). “The Transformation of Silence into Language and Action”, en Sister Outsider. Penguin Random House.
Nascimento, E. (2023). El pensamiento vegetal. La literatura y las plantas. Mímesis. Trad. Raúl Rodríguez Freire.
Pessoa, F. (2024). El guardador de rebaños. DSCNTXT Editores. Trad. Juan Carlos Villavicencio.